De las aventuras que los VIRRECAS hemos tenido, no se puede olvidar aquella en que fuimos al Río Melado.
Realmente en esa oportunidad pasaron un montón de cosas inolvidables y que dan ganas de contarlas, de compartirlas con quien quiera y recordarla para los VIRRECAS.
Para empezar les diré que el Rió Melado, queda a medio camino de la laguna del Maule, hacia la derecha por una encumbrada cuesta y un árido camino, apto solo para todo terreno. el fin del camino se llama río San Pedro, y desde allí solo se puede seguir a pie o a caballo.
A unos kilómetros antes queda la casa del Eduardo y su familia, grandes amigos que nos han acogido súper amables y hospitalarios, cada vez que vamos por esos lados. La ruta es difícil y muy poca gente llega a ese destino, una por la distancia, son 6 horas de viaje desde Talca y otra por lo malo del camino.
En esa oportunidad salimos de Santiago, un equipo de 5 personas. Los Virrecas Antonio, Erwin, Juanito y yo, además de la compañía grata de Lía Paz, hija de Juanito, eximia como pocas pescadoras con moscas, de la cual más adelante aparecerá un artículo.
Llegamos como a eso de media noche a Paso Nevado, a la cabaña del Virreca Juan, donde pasaríamos la noche. Llovía que se las pelaba y a cada momento nos preguntábamos si esa aventura llegaría a feliz término. De hecho varias veces pensamos que el fin del camino sería allí y nos quedaríamos a pescar en el Maule.
Pero las esperanzas son las últimas que se pierden y a ratos, cuando dejaba de llover, se nos alegraba la cara a todos y los ánimos cambiaban los comentarios.
En la Cabaña, como es lógico, preparamos un “asado a la parrilla” para entretenernos y darle a la “sinhueso”
En eso estábamos, cuando alguien divisó en el cerro del frente, una luz que parpadeaba, crecía y luego aparecía en otro lugar. La noche oscura no permitía ver mayores detalles y entre broma y broma lo empezamos a relacionar con la llegada de extraterrestres, lo que como se dice, agarró vuelo hasta el punto de tomar el tema en serio, con lo cual Lía Paz se nos empezó a asustar. En realidad ninguno de los virrecas sabía de que se trataba y siempre nos fuimos por una explicación esotérica más bien que terrestre. Les hacíamos señas con las linternas y entre talla y talla terminamos de servirnos el asado, por supuesto acompañado del buen vino que llevábamos, no sin estar pendiente de lo inexplicable de las luces.
Nos fuimos a acostar como a la 3 de la madrugada para despertar temprano y deseando que la lluvia amainara, para continuar la ruta trazada.
Al día siguiente supimos que en el cerro ese, se había producido un incendio y que las luces no eran otra cosa que llamas y fogatas que perduraban en la penumbras.
Nuestra aventura, prosiguió al día siguiente, pero no pudimos salir antes de las 11 de la mañana, gracias a unas escasas y cargantes nubes que se perfilaban en el celeste cielo.
El camino lo hicimos entre lluvia y truenos, entre risas y alegrías, como siempre y sin perder las esperanzas nunca.
Para no ser tan latero, el resto de la aventura podremos conocerla y recordarla en otro artículo, más adelante, porque es digno de recordarse.
Hasta pronto
Vireca Horacio